¡Tírenos la bomba! Pancartas, consignas, canticos. La asociación de suicidas honorables ha salido a las calles, uniformemente enlutada, pidiendo que el estado use contra ellos una bien repartida carga de explosivos que los aniquile.
Pueden imaginarse el tamaño de mi asombro al quedar pasmado viendo su disidencia, ellos no quieren más y mejor vida, prefieren más y mejor muerte, pero no son homicidas. Se han dado cuenta —dicen ellos— de la enorme carga que su existencia representa para el equilibrio ecológico del planeta, para el equilibrio psicológico de la ciudad, para la economía y para si mismos.
Después de atento examen de consciencia, han concluido que lo mejor que pueden hacer es quitarse de en medio, y que la mejor manera de hacerlo es dejando que el estado lo realice bajo estamentos legales, nada de sectas, nada de salvación o de otra vida, nada de atentados o de guerras, nada de proselitismos ni lloriqueos, nada de propaganda, nada de victimas del sistema económico, ninguna responsabilidad moral ni social para los verdugos; solo muertes, muertes necesarias y voluntarias.
Se han sumado muchos a su causa, desheredados y desempleados, divorciados y deprimidos, agnósticos desencantados, creyentes que han perdido la fé, madres que han perdido a sus hijos y uno que otro estúpido que no sabe lo que dice.
Naturalmente, por mi experiencia psiquiátrica fui encargado de investigar y evaluar el fenómeno. Los medios no han reparado en darle seguimiento, voceros de distintos credos e ideologías no cesan de opinar, pocos —pero los hay— muestran simpatía con el movimiento. Los analistas sociales tienen un trabajo no visto en mucho tiempo.
Mi dependencia estatal me ha pedido averiguarlo todo, infiltrar su movimiento, averiguar quienes lo patrocinan y con que fines, cuáles son sus fortalezas y debilidades y determinar los mejores modos de desarticularlos: lo de siempre.