Hay un texto de Savater, sobre Ciorán, de donde manan verdaderas perlas de desesperanza:
Lo que Cioran dice es lo que todo hombre piensa en un momento de su vida, al menos en uno, cuando reflexiona sobre las Grandes Voces que sustentan y posibilitan su existencia... ...Si tales cosas pueden ser pensadas una vez en la vida, tienen que ser ciertas: una realidad que se precie no puede sobrevivir a tales apariencias. Basta que puedan ser pensadas, para que sean. ¿En qué puede fundarse la fe, la alborada del espíritu, cuando ya han sido dichas tales cosas?
Las palabras se han mostrado ya como vacías o podridas; por un momento, hemos visto, inapelablemente, lo que alienta tras esas voces consagradas: «justicia», «verdad», «Inmortalidad», «Dios», «Humanidad, «Amor», etc...,
¿cómo podríamos de nuevo repetirlas con buen ánimo, sin consentir vergonzosamente en el engaño?
Las diremos, sí, una y otra vez, pero recomidos de inseguridad, azorados por el recuerdo de un lúcido vislumbre, que en vano trataremos de relegar al campo de lo delirante; la verdad peor, una vez entrevista, emponzoña y desasosiega por siempre la concepción del mundo a cuyo placentario amparo quisimos vivir....
...nuestra vocación -la de todo viviente- al dolor, al envejecimiento y a la muerte.
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La más sincera de las revelaciones, la más sincera de todas
es que vamos a morir.
Y que ninguna de las bellas cosas que cultivamos
o que creimos
puede cambiar un apice de esa suerte, de ese destino.
La mas sincera lucidez es la mas cruda y cruel: la violencia.
El mundo es violento porque existe independiente de nosotros,
gracias a nosotros y a pesar de nosotros,
y tan real y tan fuera de nosotros, que puede aplastarnos
sin enterarse.
Y, efectivamente, a veces nos aplasta.
¿Alguien quiere negarlo?
Ser sincero y estar triste no son episodios tan separados.